¿Adictos a la televisión?

Hay quienes llaman a esta adicción “televisitis” o “televiciosis.” Aunque cueste creerlo, muchas veces comienza en los primeros meses de vida, cuando los adultos observan cómo el bebé responde a las imágenes y sonidos, cómo baila al compás de una melodía, cómo se “entretiene” con los dibujos animados.

Una vez que el niño es introducido en este ritmo es muy difícil sacarlo de él. Lo cual al principio parece inofensivo, pero cada vez más el niño organiza su vida de acuerdo a la programación. Los padres ven que se “tranquiliza” y se mantiene quieto por un tiempo razonable.

Lo cierto es que la televisión estimula ciertos sentidos, en especial el visual y el auditivo. La actitud al mirar televisión es más bien pasiva y no reflexiva. Se tiene escaso contacto con necesidades más profundas, con la capacidad creadora, imaginativa, lúdica.

Cuando se extralimita el uso de la televisión, un niño comienza a vivir la vida de otros (la de los personajes de la televisión), anulando su capacidad reflexiva y creativa. Se ha encontrado en terapia de niños que hay un perfil característico en aquellos que poseen adicción a la televisión: inhibidos, se aburren enseguida, prestan poca atención o ninguna a los juguetes, tienen serios problemas para concentrarse en el juego o sus tareas escolares, tienen preponderancia a asumir actitudes pasivas frente a la realidad, necesita que “otros” lo entretengan, no delimitan realidad de fantasía.

Hay un libro y película llamado “Desde el jardín” que justamente muestra cómo el personaje que nunca había enfrentado el mundo exterior, se vincula con los demás a través de lo que veía y escuchaba en la televisión.

El abuso en mirar televisión trae consecuencias físicas porque el cuerpo está inmóvil durante mucho tiempo. Las emociones no tienen adecuada descarga, a veces se incrementa la ansiedad que despierta voracidad por determinados alimentos. La mente trabaja a mil con la variedad de imágenes y agudeza de los sonidos. Se adormece el espíritu porque no se incentiva la reflexión.

Sin contar con que el niño, el joven o el adulto, puede pasar más tiempo con la máquina que relacionándose con personas. Es importante también enfatizar que la televisión es perjudicial por dos vías: por un lado, por el contenido de la programación, cuando ya no es selectiva; y por otro lado, porque promueve la pasividad hasta el punto extremo.

Si se mira televisión deben ser pocas horas en el día, no arrojar a los niños en los brazos de ella .Es necesario que siempre haya un adulto acompañando, explicando y en oportunidades alentando a cambiar de canal o apagar si no hay nada interesante.

El apóstol Pablo nos alienta, en Romanos 12.2, diciendo: “No se conformen a este siglo, sino transfórmense por medio de la renovación de su entendimiento, para que comprueben la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Asimismo, en Efesios 4.23, el apóstol insiste: “…renuévense en el espíritu de su mente…” Una mente renovada puede ir más allá de los esquemas, puede recrear su mundo interior, puede buscar a Dios con libertad.

Anímese a dosificar la televisión en su casa. Cuando compartan algún programa hablen sobre el tema, reflexionen. Alienten a sus hijos a tener más tiempo de juego, lectura, dibujar, modelar, construir, inventar historias delimitando bien la realidad de la fantasía. Estaremos forjando mentes lúcidas, ágiles, creativas. Estaremos permitiendo que se desarrollen mejor físicamente, que coman mejor, que duerman mejor. Estaremos dándoles espacio para lo trascendente, para que dialoguen, pregunten, expresen sus sueños, angustias y ansiedades. Que Dios nos bendiga en este propósito. Pastores C. Graciela Médico y Juan C. D’Ambrosio
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