Devocionales - Nuestro único derecho

Un ruidoso cortejo de manifestantes, con muchos carteles, avanza por la calle; es observado con una mezcla de temor e indiferencia.
Por todos lados se expresan reivindicaciones emitidas por las más diversas gentes. Los hombres insisten en sus derechos, o en lo que ellos llaman sus derechos. No nos corresponde juzgar si tienen razón o no.

En medio de los que afirman sus derechos, el cristiano se da cuenta a la vez que está en un mundo marcado por mucha injusticia y que su Maestro no reivindicó nada. Ya el profeta Isaías dijo de él: “No contenderá, ni voceará, ni nadie oirá en las calles su voz” (Mateo 12:19). “En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho, pero el mundo no le conoció”.

Pero el evangelista agrega enseguida: “A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad (en otras versiones: el derecho) de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:10-12). El derecho de ser hijo de Dios es lo más precioso y fundamental que Dios otorga al creyente, y nadie podrá privarlo de él. Con el apóstol Pablo puede decir: “Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:38-39).

el mundo estaba (el Hijo de Dios), y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Juan 1:10-12
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