Más tarde Edith habló de esta visita, diciendo: «Era mi primer encuentro con la cruz y con la fuerza que trasmite a quienes la llevan. Por primera vez vi muy claramente la Iglesia nacida del sufrimiento redentor de Cristo en su triunfo sobre la muerte. En ese momento mi incredulidad se desplomó y Cristo empezó a brillar para mí; Cristo en el misterio de su cruz».
La incredulidad había sido una pared que ocultaba a Edith el sentido y el misterio de la cruz de Jesucristo, lugar en donde se descubre el amor de Dios. Ella recibió y vivió ese amor de una manera excepcional.
Los sobrevivientes de Auschwitz (campo de concentración donde fue asesinada) dieron testimonio del amor y de la compasión que ella mostró hasta el final hacia sus compañeros de infortunio. Su búsqueda apasionada de la verdad, su decisión por Cristo, son un llamado y un aliento muy fuertes para confiar en el amor victorioso de Dios.
Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Romanos 5:8
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