El mensaje del libro de los Proverbios

Deseamos alentar fervorosamente a los creyentes, y particularmente a los jóvenes, a leer, estudiar y meditar el libro de los Proverbios.

Los principios presentados en este libro, en resumidas cuentas, no revisten el carácter de la dispensación o economía que precedió al cristianismo.

Si en algunos casos es necesaria una transposición para recordar los caracteres distintivos de la economía judía y de la economía cristiana, se puede decir, sin embargo, que la mayor parte de estos principios tienen una aplicación literal en todos los tiempos.

La expresión “hijo mío”, repetida con tanta frecuencia, nos indica a quién se dirige Dios en primer lugar. Dios se dirige a aquel que posee Su vida y está en relación con Él, es decir, al creyente.

Ahora bien, éste se encuentra en un mundo lleno de peligros y de trampas, en un mundo cuyos pensamientos son profundamente contrarios a los de Dios.

A estas dificultades exteriores se agregan todos los peligros que brotan de su propio corazón. Es pues necesario que el creyente sea puesto en guardia contra todo lo que lo expone al peligro de caer, y que sea enseñado acerca del andar que le conviene a aquel que ocupa la posición de hijo.

Tal es el principal objetivo del libro, objetivo esencialmente práctico; aunque ello no impide que al mismo tiempo les dirija saludables advertencias e instrucciones a todos los hombres (véase, por ejemplo, 8:4). Dios se ocupa de darnos a conocer su pensamiento acerca de temas que conciernen a la vida diaria.

Estas cosas están escritas para hacernos “saber la certidumbre de las palabras de verdad” (22:21). En el mundo actual, donde todo se cuestiona —hasta los fundamentos—, necesitamos, más que nunca, normas seguras de origen divino.

El libro de los Proverbios es particularmente útil para proveernos de ellas y para restablecer lo que en nosotros se desforma tan fácilmente a causa de la influencia del mundo.

Sin pretender ofrecer un comentario completo, nos detendremos en algunos de los temas que se desarrollan en este libro.

Al lector le será provechoso leer todos los pasajes que se citen, para hallar a la vez otros que completen los pensamientos expresados y para que él mismo reúna la enseñanza del libro acerca de otros temas.

La sabiduría
La sabiduría no le es dada al hombre en el momento de nacer. Al contrario, “la necedad está ligada en el corazón del muchacho (o niño)” (22:15).

De manera que la sabiduría tiene que ser adquirida “Sabiduría ante todo, adquiere sabiduría” (4:7). Dios es quien la da (2:6), pero sólo se la da a los que la buscan con energía (2:4-5 y 4:7).

La sabiduría no nos es dada de una vez por todas, sino de manera progresiva: “Oirá el sabio, y aumentará el saber” (1:5). Y aun aquel a quien ya se lo considera como sabio, todavía necesita ser corregido (9:8).

Da pruebas de ser sabio aquel que escucha la instrucción de su padre (13:1), aquel que se deja aconsejar (13:10), aquel que, viendo el mal, teme caer en él y se salva (14:16 y 22:3), aquel que es lento para airarse: “La sensatez (o sabiduría) de un hombre hace que sea tardo en airarse” (19:11; VM), aquel que domina su espíritu y sus palabras (29:11 y 10:19). Los ejemplos podrían multiplicarse.

El sabio no se considera a sí mismo como sabio, porque hay más esperanza para un necio que para un “hombre sabio en su propia opinión” (26:12).

A causa de haber sido enseñados por Dios, los sabios están en condiciones de comunicar a otros el precioso conocimiento que han recibido. Su lengua puede “adornar la sabiduría” (15:2). “Los sabios guardan la sabiduría” (10:14), y en el momento oportuno pueden esparcirla (15:7).

“El temor de Jehová es el principio de la sabiduría” (9:10). El hombre más inteligente del mundo no posee ni el primer rudimento de la verdadera sabiduría. Para el hombre, el primer acto de sabiduría es temer a Jehová, es decir, tomar su lugar ante de Dios. Todos los que rehúsan tomar este lugar se cuentan entre los insensatos (1:7).

En importantes pasajes de los Proverbios vemos que la que habla allí es la sabiduría misma (1:20 y siguientes; 8:1 y siguientes). Ella se identifica con Aquel que es la Palabra de Dios, la perfecta expresión de lo que Dios piensa y de lo que Él es.

Allí tenemos una maravillosa revelación del Hijo, delicias eternas del Padre (8:30). Él es Aquel a quien el Nuevo Testamento llama: “Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios” y “el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría” (1.ª Corintios 1:24, 30).

Las palabras
“La boca del necio es quebrantamiento para sí (o es su ruina; RVA) (18:7). “El necio da rienda suelta a toda su ira (lit: da salida a todo su espíritu)” (29:11). Se conoce todo lo que está dentro de él: “Lo que está en el interior de los insensatos será prontamente conocido” (14:33; VM), porque “no toma placer el necio en la inteligencia, sino en que su corazón se descubra” (18:2).

Sin moderación alguna, su boca “rebosará en necedades” (15:2; VM), y se complace en las cosas abyectas (26:11). Si llega a pronunciar una palabra sabia, por el hecho de salir de su boca ella no tiene fuerza y no produce ningún efecto (26:7, 9).

Por el contrario, la boca del justo es un “manantial de vida” (10:11), su lengua es “plata escogida” (10:20), sus labios “saben hablar lo que agrada” (10:32) y “apacientan a muchos” (10:21). “Panal de miel son los dichos suaves; suavidad al alma y medicina para los huesos” (16:24). “Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene” (25:11).

Puesto que la boca puede emitir palabras de diverso valor, conviene vigilarla (13:3). “El que guarda su boca y su lengua, su alma guarda de angustias” (21:23). Es necesario evitar la precipitación (29:20), reflexionar antes de responder (15:28), ahorrar las palabras (17:27) y no pronunciar una multitud de ellas (10:19). Entonces las palabras serán un fuente de gozo, tanto para el que las pronuncia (15:23), como para los que las oyen (18:4).

Las influencias
Los contactos que podemos tener con tal o cual persona, sobre todo si son frecuentes, ejercen en nosotros una considerable influencia y siempre dejan sus rastros.

Esto es cierto tanto para bien como para mal. Es pues de la mayor importancia que sepamos elegir bien a las personas a quienes frecuentamos. “El que anda con sabios, sabio será” (13:20).

¡Precioso estímulo para buscar la compañía de los que han adquirido sabiduría en la escuela de Dios! Los contactos entre creyentes, incluso de diferentes edades, pueden ser extremadamente preciosos y útiles.

Por otro lado, “el que se junta con necios será quebrantado” (13:20). “No te entremetas con el iracundo... no sea que aprendas sus maneras” (22:24, 25). Trátese de los impíos y de los malos (4:14, 15), del necio (14:7), del “hombre violento” que “incita a su amigo, y le hace andar por camino que no es bueno” (16:29; VM), o aun del chismoso (20:19), existe siempre el gran peligro de dejarse arrastrar por ellos.

De manera que la exhortación siempre es parecida: ¡“Apártate”, “vete de delante del hombre necio”, “no te entremetas”! El que teme a Dios y no confía en su propio corazón (28:26), evita en la medida de lo posible los contactos con aquellos que no tienen la vida de Dios o con los que desprecian la enseñanza divina.

Es cierto que hay que dar testimonio y tenemos que cumplir un servicio frente a aquellos que Satanás arrastra a la perdición (24:11, 12). Pero esto jamás debe conducirnos a andar en el mismo camino con ellos.

En este mundo existen ingeniosas enseñanzas para hacer que las almas se desvíen de Dios. A nosotros no se nos invita a contradecirlas o refutarlas, sino a huir de ellas. “Cesa, hijo mío, de oír las enseñanzas que te hacen divagar de las razones de sabiduría” (19:27).

¡Que las ovejas de Jesús no conozcan otra voz que la de su Pastor!

El matrimonio
Las instrucciones referentes al matrimonio se presentan desde el punto de vista del hombre. Esto es así, no sólo porque ante Dios el hombre es el representante de la raza humana, sino también porque es responsable en la elección de su cónyuge.

Las Escrituras reconocen “el camino del hombre hacia la doncella” (30:19; versión francesa de J.N.D.), pero no el camino inverso.

Más de una vez se le advierte al joven acerca de las seducciones de la mujer extraña. Aquel a quien se lo llama hijo, ¿cómo podría unirse con una mujer que no pertenece al pueblo de Dios? Aun cuando su apariencia pudiera ser excelente, “su fin es amargo como el ajenjo, agudo como espada de dos filos” (5:4), “pozo angosto (o de angustia)” (23:27. “No codicies su hermosura en tu corazón” (6:25). “Como zarcillo de oro en el hocico de un cerdo es la mujer hermosa y apartada de razón” (11:22). “Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada” (31:30).

Pero si una mala mujer es como carcoma en los huesos de su marido, por el contrario, una mujer virtuosa es su corona (12:4). “Su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas” (31:10). “¿Quién la hallará?” ¡Solemne pregunta! Que el joven espere en Dios para que Él se la haga hallar. “De Jehová viene la mujer prudente” (19:14; VM).

Dios no rehusará esta benevolencia a quien confíe en Él (18:22). Entre tanto espera y pone en práctica el consejo: “Prepara tus labores fuera, y dispónlas en tus campos, y después edificarás tu casa” (24:27), mientras espera el momento elegido por Dios, que el joven recuerde: ¡“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (4:23)

La corrección de los niños
La corrección que un padre impone a su hijo, imagen de la que Dios aplica a sus hijos, es la prueba de un verdadero amor (3:12).

Esta disciplina no se limita a las reprensiones verbales. La vara tiene también su parte. “La vara y la corrección dan sabiduría” (29:15). “El que escatima la vara odia a su hijo, mas el que lo ama lo disciplina con diligencia” (13:24; BAS).

Este trabajo paciente y diligente, llevado a cabo en el temor y la confianza de Dios, dará frutos (22:15; 23:13, 14; 29:17). “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (22:6).

La reprensión
No sólo los niños necesitan la reprensión. Todo hombre también la necesita, incluso el sabio (9:8) y el hombre inteligente (17:10 y 19:25).

La reprensión se encuentra íntimamente unida a la instrucción, de la cual es, por así decirlo, el complemento (3:11; 5:12; 10:17; 12:1; 13:18; 15:5; 15:32). ¡Dichoso aquel que la escucha (15:31, 32) y la guarda (13:18 y 15:5)! Vendrá a ser prudente, tendrá entendimiento y será honrado. “Entre los sabios morará” (15:31).

Por el contrario, aquel que aborrece la reprensión es ignorante” (12:1). Y “el hombre que reprendido endurece la cerviz, de repente será quebrantado, y no habrá para él medicina” (29:1).

La manera en que un hombre recibe la reprensión es un test de su estado moral: “El escarnecedor no ama al que le reprende” (15:12), mientras que el sabio lo ama (9:8). ¡Qué palabra incisiva para nuestro corazón!

Si se nos exhorta a recibir la reprensión, también se nos recomienda expresarla (24:24, 25). “El que reprende al hombre, hallará después mayor gracia que el que lisonjea con la lengua” (28:23).

Ciertamente, es necesario que ésa sea una palabra dicha convenientemente y con sabiduría (25:11, 12). Será de gran valor si manifiesta un verdadero amor. “Fieles son las heridas del que ama” (27:6).

Es notable el hecho de que ésta sea la manera en que el amor puede cubrir las faltas (10:12 y Santiago 5:19, 20). El amor procura hacer volver a aquel que se desvía.

La retribución
El principio de la retribución —o del gobierno de Dios— constituye la trama del libro de los Proverbios. “Ciertamente el justo será recompensado en la tierra; ¡cuánto más el impío y el pecador!” (11:31).

En cuanto a la manera en que este gobierno se ejerce, puede haber alguna diferencia entre la condición judía y la cristiana. Pero la gracia que vino por medio de Jesucristo, y que es el único fundamento de nuestra salvación, no podría anular el principio divino de la retribución. Por eso el Nuevo Testamento afirma: “Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7).

Los Proverbios nos muestran que la bendición de Dios reposa sobre los que andan según sus enseñanzas, mientras que su juicio pende sobre los que hacen el mal, y se ejecutará cuando la paciencia divina llegue a su fin (3:33; 11:8; 13:21; 16:7; 21:12).

El que siembra trigo, cebada o cizaña, cosechará trigo, cebada o cizaña. Así también es en el dominio moral: la retribución tiene la misma naturaleza que el hecho que la produjo. “El que cierra su oído al clamor del pobre, también él clamará, y no será oído” (21:13). El que tiende una trampa a su prójimo, caerá en ella: “El que cava foso caerá en él” (26:27). Y el que rehúsa oír cuando Dios llama, un día clamará a Él, pero no recibirá respuesta (1:24-28). “Ciertamente él escarnecerá a los escarnecedores” (3:34).

Pero, por otro lado, “a los humildes dará gracia”. Él exalta al que se humilla (15:33 y 29:23). Él llena con abundancia los graneros de aquel que le honra con sus bienes (3:9, 10). “A Jehová presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar” (19:17). Y en el sentido espiritual, tanto como en el material, “El que saciare, él también será saciado” (11:25).

La confianza
“El que confía en su propio corazón es necio” (28:26). “El que confía en sus riquezas caerá” (11:28), aunque imagine que ellas pueden ser una protección eficaz (18:11). Pero “el que confía en Jehová es bienaventurado” (16:20) y “prosperará” (28:25); en el día malo será levantado a un alto refugio donde hallará amparo y estará seguro (29:25 y 18:10). “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (3:5-6). Monard J.A. - (Messager Évangélique, 1969)
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