Como niños ante Dios

No hace mucho alguien me pidió que me hiciera cargo de un bebé por un rato; a mí me encantan los bebés, así que acepté contenta.


Creo lo que más me gustaba era llevarlo en brazos o cogido por su manita, pese a que él se empeñaba en andar por sí mismo. El crío caminaba con soltura con sus graciosas piernecitas; pero al mínimo desnivel, caía al suelo.
Era un niño bastante independiente. Cuando lo dejaba a antojo corría de un lado para otro alejándose de mí. Y pese a que no lo dejé solo ni un segundo creo que a él le gustaba sentirse libre... Pero en el momento en el que él hacía cosas que le ponían en peligro, yo lo recogía con mis brazos cariñosamente e intentando hacerle comprender.


Cuando paseaba con él, tomándolo en mis brazos o dándole la mano, me encantaba hablarle. No sé si me escuchaba, pero a menudo me miraba con unos ojos muy abiertos y balbuceaba a modo de respuesta de tanto en tanto; no obstante, otras veces se distraía con lo que le rodeaba, ignorándome.

Finalmente el niño me pidió que le llevara con su mamá; yo le sonreí y él extendió sus brazos, con plena convicción... ¡Y es que era su hora de comer!

Cuando entregué aquel bebé a los brazos de su madre entendí que, durante aquel rato, había dependido plenamente de mí; Y entendí que yo debía ser como aquel bebé.

Cuando me suelto de la mano de Dios soy capaz de caminar algunos pasos; pero al mínimo desnivel me caigo al suelo. Entonces le busco y Él está ahí, tendiéndome su mano.

Cuando a veces intento huir de de los ojos de Dios para hacer las cosas a mí manera, mas Él siempre está ahí; observándome con paciencia y a punto para tomarme en brazos y hacerme entender, una vez más.

Cuando camino con Dios, Él me habla constantemente, pero si yo estoy pendiente de lo que sucede a mí alrededor me pierdo lo que Él me dice.

Cuando pedimos las cosas a Dios con corazón sincero y fe, Dios es bueno y misericordioso y nos concede las peticiones de nuestro corazón, si son conforme a su voluntad.

Esa es la dependencia que necesitamos.
Y es que Dios es nuestro Padre y nosotros somos sus hijos.




“De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños
no entraréis en el reino de los cielos.”

Mateo 18:3

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